De las ciudades, el coche y el ser humano

La relación de la sociedad contemporánea con los vehículos motorizados ha supuesto una revolución en la concepción del espacio y en nuestra forma de relacionarnos con y por la dimensión espacial. En síntesis, puede afirmarse que hay dos consecuencias claras. En primer lugar, la planificación urbanística y las conexiones interurbanas han sido desarrolladas para adaptarse a la circulación de vehículos motorizados (turismo en su gran mayoría, pero también furgonetas, camiones y ciclomotores). En segundo lugar, nuestros desplazamientos han estado condicionados por la funcionalidad de dichos vehículos motorizados, de forma que nuestro movimiento urbano se ha dispuesto para utilizar el coche. De estas dos consecuencias, se puede deducir, incluso, que se ha producido una inversión de roles. Si el coche estaba al servicio del hombre, ahora podría decirse que el hombre está al servicio del coche. Intentaremos explicar esto a continuación.

La planificación urbanística. La pérdida de un espacio humanizado

Cuando las grandes urbes decidieron ceder el espacio público a los vehículos, las personas comenzaron a perder el dominio sobre sus lugares comunes en las ciudades. Pasaron a ocupar la parte marginal de las calzadas, a sufrir el ruido incesante de la máquina, a respirar el aire contaminado emitido por los vehículos y a encontrar fronteras definidas por el paso de una autopista urbana, un paso a nivel o alguna gran avenida. Todo ello, a disposición de la comodidad de los vehículos motorizados. En su gran mayoría, a disposición del coche. Las ciudades, entonces, perdieron su escala humana, su valor humano y su forma de sentir humana, para, en cambio, presentarse bajo una escala dominada por las características del vehículo motorizado.

Esto supuso, como puede deducirse, un deterioro o desatención al transporte público. Pero, por otra parte, supuso también el crecimiento de un tejido económico e industrial en torno a la figura del coche. El coche, entonces, además de presentar un capital monetario, basado en los costes de producción y en la relación de derivados económicos, pasó a presentar un capital simbólico. El vehículo particular era el recipiente de una serie de valores que estaban y están en la cúspide organizativa de nuestro sistema de valores. Representa independencia, poderío económico, estatus social (según las características del coche), pero también necesidad. Necesidad para desplazarnos, para ajustarnos a los ritmos de vida de nuestra acelerada sociedad. El ritmo de nuestra existencia está definido por las revoluciones del motor.

Y, en consecuencia, nuestras ciudades se han ajustado a esta forma de pensar, a esta forma de interactuar con el mundo circundante. Nos hemos acostumbrado, muy extrañamente, al aire sucio de nuestras ciudades, al ruido de los motores, de las gomas en el asfalto o de las suspensiones. Y nos hemos acostumbrado a que nuestro principal medio de transporte, el caminar, haya sido apartado a la marginalidad. Pero también nos hemos aclimatado a que los espacios que podrían dedicarse a nuestro esparcimiento, a nuestra vida relajada, estén ocupados por coches que nos privan de la amplitud.

Recuperar las ciudades. Métodos para una conducción y parque de vehículos saludables

Si se consultan los datos facilitados por la DGT hasta 2014 sobre el parque de vehículos en España, puede comprobarse cómo la cifra de vehículos matriculados aumentó hasta 2012. Es decir, en el momento en que la crisis económica golpeó con mayor dureza, solo en ese momento, la adquisición de vehículos disminuyó. Esto nos presenta una relación directa entre el poder adquisitivo y la compra de vehículos.

Desde 1990 hasta 2014 puede comprobarse que el número de turismos en España aumentó en una cifra aproximada de once millones de unidades. Lo cual demuestra, por otra parte, la nula conciencia del estado español o de los españoles sobre el problema que se estaba creando. Un sobreexceso de vehículos que derivaría en una contaminación perjudicial para la salud en nuestras ciudades y una planificación urbanística deshumanizada.

Ahora bien, cuando el problema parece ser más que patente en nuestras vidas cotidianas, comenzamos a tomar conciencia. Es fácil acercarse a una ciudad y comprobar cómo una nube de polución la cobija, cómo el calor se intensifica en el centro de las ciudades y cómo las enfermedades pulmonares proliferan en esos mismos lugares. Por eso, es necesario presentar algunas soluciones que dirijan nuestro comportamiento y nuestro deseo de mejorar nuestros espacios públicos.

Limitar la circulación de vehículos en las ciudades

Promover, regular e incluso prohibir la circulación de vehículos en las ciudades de forma gradual puede suponer una recuperación del espacio humano y del espacio público. A la vez que se mejoraría la calidad del aire, la contaminación acústica disminuiría y el tejido económico de esas zonas se vería enriquecido.

Fomentar el alquiler y el uso compartido de coches

Las extensas magnitudes de las ciudades, juntos con los requerimientos arbitrarios de nuestras vidas nos exige el uso de vehículos que nos otorguen más libertad que el trasporte público. Por ello, a veces es necesario el uso de coches particulares.

Ahora bien, en contraposición al coche en propiedad particular, los ayuntamientos, las comunidades y el estado junto con empresas con experiencia en el sector pueden promover una red de coches de alquiler (en muchos casos eléctricos) que beneficien la salud de nuestras ciudades, así como las necesidades particulares de las personas.

A la par, esta actividad no debe de obviar el transporte público, siempre y cuando las condiciones de los medios de transporte sean las adecuadas. Por ejemplo, un parque de autobuses público envejecido es casi tan perjudicial como un parque de vehículos sobredimensionado. Por tanto, se deben modernizar las flotas de autobuses.

Fomentar el mantenimiento y renovación del parque móvil

Los coches en mal estado pueden producir emisiones por encima de los niveles establecidos en las legislaciones pertinentes. Por otra parte, el ruido de los motores, las pérdidas de aceite o las amortiguaciones en mal estado también genera incomodidades y acciones perjudiciales para el entorno.

Los nuevos coches están diseñados para generar un nivel menor de emisiones, ser más silenciosos y, en definitiva, ser más eficientes, esto es, con menos hacer más. Por tanto, la renovación del parque móvil contribuiría a la mejora de las condiciones del entorno.

En resumen

Debemos recuperar el espacio público ahora ocupado por los coches. Esto puede suponer una agresión a los intereses económicos del tejido empresarial e industrial directa e indirectamente vinculado al mundo del automóvil. Sin embargo, desde Servicio Alemán, conscientes de los problemas que surgen y debemos afrontar, preferimos abordar esta situación como una condición para mejorar nuestras condiciones de vida, a la vez que una oportunidad económica. La nueva adaptación de las ciudades requerirá de un tejido empresarial adecuado y aquellos que lo promovemos, desde luego, estaremos más incentivados y más comprometidos.

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